¿Qué determina una sanación con éxito? ¿Es alguien que se levanta de una silla de ruedas y anda? ¿Es la desaparición de la enfermedad? ¿Es la reestructuración y transformación de nuestro ADN?
O quizá la vida es la enfermedad y la muerte es la sanación.
Un día recibí una llamada de un oncólogo que me preguntó si podría ver a uno de sus pacientes. Dije: “Por supuesto”. Aquella mujer no podía dejar el hospital, así que fui a verla a ella y a su marido por la noche. Cuando llegué, ella estaba dormida, así que hablé con su marido durante unos minutos y después comencé la sesión. Al poco tiempo ella abrió los ojos. Su marido nos presentó y durante la duración de la sesión la pareja mantuvo una conversación muy animada y divertida. Podías ver los efectos que la quimio y otros tratamientos a largo plazo habían provocado en ella, aunque también podías distinguir el brillo de la belleza en su sonrisa y en sus ojos.
Era una pareja joven, de unos treinta años probablemente. Cuando hablaban entre ellos, sus ojos parecían como los de dos amantes que se habrían reunido después de una larga separación. Parecía que disfrutaban el uno con el otro y que se amaban mucho. Ella hablaba, él escuchaba; él hablaba, ella escuchaba. Se reían y me metían en su conversación como si fuera un amigo de toda la vida. Compartieron conmigo historias de diferentes cosas que habían hecho juntos y me hablaron de sus viajes y de gente que conocían.
De repente, a la mujer se le antojó un helado ¡de tres sabores diferentes! Yo llevaba en el hospital más tiempo más tiempo de lo que había planeado, pero ofrecí quedarme hasta que su marido fuera a buscar el helado. Cuando estaba a punto de irse ella decidió que también estaría bien un poco de tarta de queso. Eran las 11.00 de la noche, pero nada podía hacer más feliz al hombre que ir a buscar esas cosas para traérselas a su mujer. Prometió volver pronto, aunque todos sabíamos que en ese momento salir del complejo del hospital, encontrar un lugar abierto, y volver con todo, llevaría sus buenos 45 minutos. Y así fue. Fueron incluso uno de los 45 minutos más largos de mi vida porque según se cerró la puerta detrás de él, ella se volvió hacia mí y me dijo: “Me voy a ir ahora”.
Dije: “¿Que vas a ir a qué?”. Sabía lo que ella quería decir, pero no podía creer lo que estaba oyendo.
“Me voy a ir ahora”, repitió.
“¿Ahora?”, pregunté.
Asintió.
Me quedé en estado de shock. El comportamiento y la expresión de la mujer no dejaban lugar a una mala interpretación. Me estaba diciendo que estaba planeando morir, y planeaba morir justo entonces. Había enviado a su marido a buscar comida para asegurarse de que no estaría presente.
“Oh, no, no te vayas”, le dije.
No quería que él volviera con los brazos llenos de helado y tarta de queso y me viera sentado junto a su mujer muerta.
“Me voy a ir ahora”, repitió.
“Te vas a quedar aquí mismo hasta que tu marido vuelva”, le dije en respuesta a su tercera y más reciente amenaza, mirando al reloj y viendo lo despacio que parecía pasar el tiempo. La cuestión era que, yo no tenía ninguna duda de que ella podía “irse” en ese preciso momento. La única forma de evitar que esto ocurriera era darle conversación. Sabía que una vez que ella dejara de hablar, se dejaría ir y cruzaría al otro lado. Le dije a la mujer que si había tomado la decisión de irse, su marido desearía tener la oportunidad de decirle adiós. Estaba manteniéndola ocupada en el proceso mental y eso era bueno. En ese momento hubiera agarrado un ukelele y tocado Tiptoe through the tulips si creyera que eso la iba a mantener con vida hasta que él regresara. Hablamos. Ella “se quedó”.
Unos 45 minutos después volvió su marido. No se habló de la “despedida” de ella. Volvieron a la conversación normal como si nada hubiera ocurrido. Mi corazón aún latía fuerte mientras la mujer comía su helado. Me ofrecieron un poco. Yo… no tenía hambre. Dije buenas noches y me fui rápido. Su marido me llamó al día siguiente para decirme que había fallecido. Ya lo sabía. Me contó entonces que ella había estado dormida y/o casi inconsciente durante casi los dos meses anteriores a mi visita. Era la primera vez que había estado lúcida durante más de un minuto. Me agradeció haberle devuelto a su mujer durante aquella noche final.
¿Quién tuvo la sanación y qué fue? Bueno, ambos tuvieron una sanación. Él necesitaba después de dos meses, ver a su mujer una última vez para decirle adiós y dejarla ir. Ella necesitaba verle de nuevo y saber que estaría bien si ella se iba. Ambos recibieron su regalo.
La gente se muere. Cambiamos. Es parte de nuestra experiencia cósmica de reciclarnos.
Cuando alguien cruza al otro lado no significa que no se haya sanado. Su sanación puede muy bien ser el bienestar con el que le permites hacer su transición, la paz que reciben de tu visita para aceptar y dejarles ir, y esa oportunidad de sonreír y decir “te quiero” a alguien que necesita escucharlo por última vez.
Así que no interpretes, no analices. Simplemente sé. Y sé consciente de que transportas el regalo de la sanación, cualquiera que sea la forma que tenga.
Dr. Eric Pearl, autor de La Reconexión. Sana otros; sánate a ti mismo. Ediciones Obelisco.
" id=img_0 />El internacionalmente reconocido Sanador Eric Pearl, ha aparecido en numerosos programas de televisión en los Estados Unidos y alrededor del mundo. Fue invitado a hablar en Las Naciones Unidas. Presentó una una audiencia que llenó el Madison Square Garden en la ciudad Nueva York, y sus seminarios han sido destacados en varias publicaciones incluyendo The New York Times. 